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Apertura de la Conferencia del G-20 dedicada al fortalecimiento de la dimensión social de la globalización – Discurso del Presidente de la República



París, 23 de mayo de 2011

Señoras y señores ministros,
Señores embajadores,
Señoras y señores,

Hace casi tres años, en el verano de 2008, la crisis financiera que se gestaba desde hacía meses se agravaba brutalmente y ponía a la economía mundial al borde del colapso.

La quiebra de una de las principales instituciones financieras de Estados Unidos desencadenó una crisis de confianza sin precedentes. El sistema bancario mundial estaba a punto de hundirse. En varias semanas, la financiación bancaria se agotó, arrastrando al mundo a una crisis económica de una gravedad excepcional. Este seísmo […] provocado por un funcionamiento anárquico de los mercados financieros se propagaba entonces de forma inexorable al resto de la economía, destruyendo por todas partes el crecimiento, el empleo y el poder adquisitivo.

Tras esta crisis, prometí a los franceses hacer todo lo posible para reformar este capitalismo financiero que nos había llevado al desastre, porque es el capitalismo financiero el que, de hecho, nos llevó al desastre. Y pese a que algunos lo han olvidado y quisieran retomar los comportamientos del pasado, tenemos que parar eso. No podemos aceptar las mismas situaciones de las que acabamos apenas de salir.

Por ello, he querido que la Presidencia Francesa del G-20 haga frente a las raíces de la crisis y siente las bases de una regulación eficaz de los mercados financieros. La palabra «regulación» no es una palabreja; no hay mercado sin reglas. Un mercado sin reglas ya no es un mercado. […] Es necesario identificar y reunir al mismo tiempo las condiciones para un crecimiento que aportará a nuestros pueblos el bienestar y la confianza en el desarrollo.

Es indispensable fortalecer la dimensión social del la globalización.

[…]

En la mayoría de regiones del mundo, los efectos de la crisis aún no han desaparecido y en algunos países incluso, se han agravado.

Estas dramáticas consecuencias de la crisis han puesto de relieve ciertos desequilibrios de la globalización. Los excedentes acumulados por unos han servido para financiar los déficits de otros, pero si algo es seguro es que las desigualdades han aumentado en todas partes.

[…]

La globalización crea tensiones dolorosas y estas tensiones son multiformes y se reflejan en tensiones para los empresarios, que deben enfrentarse a una competencia cada vez mayor, lo cual es positivo, salvo que esta competencia no siempre es leal y ello supone un grave problema. O en tensiones para millones de trabajadores que carecen de protección social, o para las familias y las comunidades desestructuradas por las deslocalizaciones. Todo ello sin olvidar la presión migratoria que desencadenan las desigualdades de hoy y los dramas ecológicos del futuro.

Gracias a la acción del G-20, hemos podido mitigar el impacto de la crisis financiera y económica en nuestras sociedades. Hemos podido evitar el proteccionismo y el aislamiento. Pero hay que ir más lejos. La coordinación de los planes de recuperación ha sido un paso en la buena dirección.

Hemos puesto en marcha medidas para preservar el sector financiero. Las instituciones financieras han recobrado, de golpe, el sentimiento nacional, mientras las grandes instituciones financieras privadas nos explicaban, antes de la crisis, que ellas eran empresas del mundo y que no tenía nacionalidad. Durante la crisis, las que no tenían ninguna nacionalidad, ¡no se equivocaron de ventanilla! ¡Recobraron, como por arte de magia, su nacionalidad! Las mismas que explicaban que la intervención de los Estados era ilegítima y que si de hecho, los Estados hubiesen sido gestionados como ellas, estarían en quiebra. ¡Dios mío! Hemos hecho bien en no inspirarnos en sus comportamientos. Qué contentas estuvieron estas instituciones al poder contar con la firma de los Estados para garantizar su propia credibilidad. Y eso no ocurrió hace un siglo, señoras y señores, sino hace tan sólo unos meses.

Juntos, hemos decidido realizar el máximo esfuerzo posible para limitar los efectos de la crisis y proteger el empleo. Pero creer que la crisis es un simple paréntesis sería, y voy a emplear una palabra fuerte, pero en la que creo: «irresponsable». […] Las mismas causas producirían mañana los mismos efectos si no acometemos firmes reformas.

El preámbulo de la constitución de la OIT, que no fue redactada ayer, sino en 1919, al término de una de las guerras más destructivas de nuestra historia, nos recuerda oportunamente que «una paz universal y duradera sólo puede lograrse si está basada en la justicia social».

Las revoluciones actuales en Oriente Próximo y Oriente Medio demuestran que esta aspiración a la justicia social es compartida por todas las regiones en el mundo, pero también revelan que la respuesta a esta expectativa ya no puede fraguarse desde el ámbito nacional solamente.

Durante décadas, la respuesta ha sido exclusivamente nacional. De hecho, incluso nosotros en Europa, previmos que nuestros sistemas de jubilación, de salud y de protección fueran nacionales y no comunitarios.

Las cosas han cambiado y ahora es indispensable coordinar mejor nuestras acciones nacionales y sentar las bases de una gobernanza económica mundial de la que el G-20 es la prefiguración.

Hoy, las grandes instituciones han llevado a cabo un destacado trabajo, querido director general, Señor Somavia. Sé que, desde hace mucho tiempo, la Organización Internacional del Trabajo está comprometida con el establecimiento de una gobernanza internacional más justa y eficaz.

La «Declaración sobre la Justicia social para una globalización equitativa» (2008) y el «Pacto Mundial por el Empleo» (2010) han propuesto una serie de orientaciones que nos comprometen a todos como Estados miembros de la OIT. Y en junio de 2010, la Conferencia Internacional del Trabajo ha subrayado, con razón, la necesidad de mejorar la coherencia entre las políticas económicas, financieras y sociales y las instituciones que las establecen.

[…]

Asimismo, podemos celebrar que el Banco Mundial vaya a adoptar próximamente una «Estrategia sobre la protección social y el trabajo», que, por otra parte, está asociada a numerosas iniciativas destinadas a desarrollar redes sociales dirigidas a los más vulnerables, como el programa «Bolsa familial» en Brasil, a cuyo ministro de Asuntos Sociales, Carlos Eduardo Gabas, quiero saludar.

Los bancos regionales de desarrollo también toman en consideración, cada vez más, la aplicación de derechos y principios fundamentales.

La convicción de Francia es que debemos ir más lejos.

El G-20 debe asumir la responsabilidad de esta nueva ambición, dado que reúne a los principales miembros de las organizaciones implicadas.

Nuestro objetivo es crear nuevos mecanismos para una coherencia reforzada y hacer que la globalización se base en el progreso social para reforzar el progreso económico.

[…]

Pensemos que ocho de cada diez personas en el mundo no gozan de ningún sistema de protección social. Que un tercio no tiene acceso a ningún servicio o centro de salud. Que hay un billón de habitantes, los más pobres, cuya esperanza de vida es de 51 años, cuando la esperanza de vida del billón de habitantes más rico es de 80 años.

Hay que salir de estos atolladeros de la globalización. Quisiera transmitir esta idea: que la globalización constituye incontestablemente un progreso y que no hay otra estrategia posible que aceptarla. Y dado que la aceptamos, tenemos que regularla y evitar sus ‘puntos muertos’.

Para ello, creo que podemos actuar sobre tres palancas:

Primeramente, fomentar el desarrollo de un suelo de protección social.

Lo sé, soy francés, y, por lo tanto, sospechoso desde este punto de vista. Quisiera explicarme ante ustedes.

No creo en un modelo social único, nunca he creído. Pero la crisis nos ha mostrado la importancia de los mecanismos de protección social para mitigar los efectos de la crisis económica.

Con ello quiero decir que un suelo de protección social puede ser un elemento del desarrollo económico, y quisiera defender esta idea. No está por un parte lo social, y por otra, la economía. En un país como Francia, si hemos vivido una recesión menos severa que la de otros países europeos, prácticamente una de las menos severas, es porque teníamos ese sistema de protección social que, durante la crisis, ha funcionado como un sistema de desarrollo económico. Es una nueva forma de presentar las cosas pero creo que es interesante y merece que sea compartida. Las economías funcionan mejor cuando existen regímenes de protección social eficaces porque éstos llevan a mejorar la productividad de los trabajadores y a favorecer un crecimiento equilibrado y sostenible.

[…] Soy consciente de que la construcción en cada país de un suelo de protección social tomará tiempo. No se trata evidentemente de imponer a los países más pobres las normas y los sistemas sociales de los países más ricos.

Pero hemos de avanzar. Disponemos de los trabajos de la comisión que preside la Señora Bachelet y que lleva a cabo un trabajo sobresaliente con todos sus miembros, entre los que está Martin Hirsch, al que quiero saludar. Pero tenemos que avanzar. Y a veces pienso que me gustaría que la OIT se mostrara más firme, porque no estoy seguro de que únicamente con la cortesía, con la diplomacia, terminemos por avanzar a la velocidad que exige la crisis.

También quiero agradecer a Xavier Bertrand haberla lanzado. Tenemos que pensar en el empleo como primera prioridad de nuestras decisiones económicas.

Estamos todos de acuerdo en que hay que favorecer un crecimiento fuerte, sostenible y equilibrado: es el objetivo central del G-20.

[…]

En este área, quiero destacar el importante paso que se ha dado a nivel europeo, querida Christine y querido Laurent, con el Pacto por el Euro.

Tomando como base las competencias de la OCDE y la OIT, los países del G-20 podrían reflexionar sobre los medios de facilitar el acceso a formaciones que profesionalicen, el desarrollo de la formación en alternancia, o la anticipación de las necesidades en competencias u orientación. Todo ello debe ser una cuestión de calado en el G-20.

Todas estas medidas nos llevan también a la cuestión de la medición del bienestar y el desarrollo en nuestras sociedades. Quisiera reiterar aquí mi convicción de que el instrumento del PIB no puede resumir nuestra percepción de los retos económicos y sociales. Si medimos solamente el crecimiento desde un punto de vista cuantitativo, estamos ignorando una realidad. Los indicadores no deben ser sólo de orden cuantitativo. Debe haber también indicadores cualitativos.

Las recomendaciones de la comisión Stiglitz-Sen-Fitoussi y los trabajos de la OCDE sobre los nuevos indicadores de bienestar, querido Ángel Gurría, deben permitirnos una mejor toma en consideración de las dimensiones sociales y medioambientales del crecimiento. […]

La tercera palanca es la de un mayor respeto de los derechos laborales.

Saben ustedes cuál es mi compromiso al respecto. La Presidencia Francesa pide instaurar entre las naciones un sistema de reglas que beneficie a todo el mundo. Debemos rechazar una competencia sin reglas que sea negativa para todos.

Y que no vengan a juzgarnos diciendo que estamos en contra del libre comercio o de la economía de mercado. En lo que respecta a mi compromiso político, soy favorable al libre comercio y a la economía de mercado. Pero teniendo en cuenta nuestros valores, si todo ello resulta desfavorable para todo el mundo, ¿no estamos acaso fallando en algo? […]

Me dirijo al director general de la OIT: Francia no puede aceptar que los ocho convenios de la OIT sobre los derechos fundamentales en el trabajo no hayan sido ratificados por todos los miembros del G-20, que, en su mayoría, son miembros de la OIT.

Quisiera insistir en este punto. Si un país es miembro de una organización, dado que nadie está obligado a ser miembro de la OIT, y que la OIT fija ocho normas como suelo mínimo de protección social, ¿cómo se entiende que esas ocho normas no sean ratificadas por estos países? Solicito al director general de la OIT que se haga una gran publicidad de estas normas y de su aplicación. No hablamos de un modelo social único, sino de un suelo social mínimo.

Estas normas son, por ejemplo, la prohibición del trabajo de los niños, del trabajo de los prisioneros. Algunos podrían pensar que esto no es suficientemente ambicioso, pero dense cuenta, ¡es un mínimo! Y ahora que la OIT participa en el G-20, algo que Francia ha defendido, quisiera que esta pregunta fuera formulada claramente a todo el mundo. ¿Quién aplica las ocho normas? ¿Quién ratifica la convención? ¿Quién puede ser contrario a todo ello? Nadie. Ciertamente, es necesario realizar esfuerzos para luchar contra la tentación del proteccionismo, porque no es la solución, pero pongamos el mismo énfasis en luchar por que se apliquen como mínimo estas ocho normas. Es en ese momento que los ciudadanos del mundo comprenderán que la globalización puede ser un paso adelante.

Quisiera terminar diciendo que sería contraproducente volver a caer en los viejos debates que quieren oponer la dimensión económica a la dimensión social de la globalización. La una necesita a la otra. No soy un ingenuo, ello exige renunciar a algunos reflejos y no podremos hacerlo todo en un día. La Presidencia Francesa ha podido basarse en los trabajos llevados a cabo en las cumbres de Pittsburgh y Washington. Nosotros mismos pasaremos el relevo a México. Haremos partícipes del funcionamiento del G-20 a los interlocutores sociales porque, de lo contrario, la legitimidad misma del G-20 sería cuestionada. No es un asunto baladí. Francia ha trabajado mucho en la creación del G-20 y, por ello, no oirán por mi parte crítica alguna al G-20. Es formidable tener un G-20 de empresarios, pero los interlocutores sociales deben participar de los trabajos del grupo.

El hecho de que, desde Pittsburgh, los interlocutores sociales, patronal y sindicatos, participen en los debates del G-20 relativos a los retos sociales constituye, en mi opinión, un paso adelante considerable. Pero ahora que están ustedes reunidos (…), es necesario que se produzcan resultados.

La conferencia que se reúne hoy es importante en este sentido. Por primera vez, los ministros de Trabajo y los representantes de los interlocutores sociales van a dialogar con los dirigentes de grandes organismos internacionales para reflexionar sobre los medios que permitan fortalecer la dimensión social de la globalización.

Quisiera que en sus debates se aborden todas las cuestiones para destapar mejor los obstáculos que deberemos superar. Una globalización más fuerte que sea más ventajosa para los trabajadores y el progreso social, esa es la ambiciosa hoja de ruta que se les ha entregado. Por mi parte, estaré muy atento a las propuestas que se formulen, como también lo estarán los ciudadanos del mundo entero.

[…]

Hagamos un esfuerzo los unos con los otros, salgamos de las posturas habituales, los librecambistas sin corazón o los generosos sin perspectiva. Estamos en el siglo XXI, un siglo en el que daremos la espalda a las ideologías, ésas que tanto daño hicieron al siglo XX. Seamos pragmáticos y sigamos convencidos de que el mayor número posible de los ciudadanos del mundo debe beneficiarse de los avances económicos generados por la globalización. Es la única vía posible para nosotros y esa será la ambición de la Presidencia Francesa.

Muchas gracias./.

El Presidente de la República francesa, el Sr. Nicolas Sarkozy

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